Magno no esperó a su respuesta, se alejó y se puso a andar alrededor de la fábrica abandonada que les daba cobijo. Era un complejo que en su día debió albergar oficinas y diversas factorías. De todo aquello sólo quedaba entre los caminos que separaban a los edificios unos de otros un polvo negruzco que se adhería a los bajos de los pantalones. Los destartalados tejados no invitaban a guarecerse, pero algunos se mantenía lo bastante como para refugiarse allí, donde nadie iba hacía décadas. Al pasar por uno de aquellos edificios donde dormían vio a Isolina. Ella recogía sus pertenencias. Corrió de inmediato hacia allí.
-¿Te vas? –dijo aún en el quicio de la puerta -¿sin mí? –ella asintió silenciosa. La matrona estaba en un rincón oscuro como agazapada y él la vio por el rabillo del ojo –Te ha convencido. Me alegro. Déjame que me vaya contigo. –dijo absolutamente ansioso temiendo que le dejara allí sin más compañía que aquel ser que en ese momento más odiaba en el mundo, un mundo que carecía de norte para él, o más bien en el que había aparecido un norte inesperado que estaba a punto de desaparecer justo cuando lo había hallado. La vieja parecía leerle el pensamiento y sin moverse desde su rincón habló:
-Debe irse sola, tú sólo harías que le persiguiera la desgracia.
-Cállese. No la escuches –gimió desesperado.
-Es lo mejor para todos. Vámonos, señora –exclamó con voz firme, pero con un matiz de resignación.
-¿Te vas con él verdad? –dijo con cara de loco, ni él mismo se lo creía, pero en ese momento la quería herir por querer dejarle solo en el infierno de vida que él mismo se había fabricado.
-¡Cómo puedes decir eso! –se indignó más que preguntó mientras cogía sus bultos y salía al exterior. Intentó andar pausadamente, aunque lo que deseaba era correr. El pavimento estaba levantado y tropezó. Calló sobre su triste equipaje, apenas se incorporó para quedar rodillas, momento que Magno aprovechó para arrodillarse a su vez frente a ella.
-Me necesitas. Espérame. No tienes dinero. Será mucho más fácil si vamos juntos. Podríamos irnos a otro país –dijo en un tono suplicante, pero con toda la suavidad de la que era capaz.
-¡Con qué dinero! ¡De qué dinero hablas! –Magno escuchó, pero no se volvió a mirar a Santi, quien había proferido estas palabras. No advirtió lo que podría pasar. Y siguió de espaldas cuando un disparo le perforó la nuca. Isolina se vio salpicada y horrorizada se levantó. Santi se quedó con la vista fija en la oquedad que su disparo había producido. El cadáver de Magno se encontraba ahora sobre el equipaje de Isolina, como aferrado a él. Un ruido de chapoteo de agua le convulsionó haciéndole reaccionar. Con el cañón de la pistola semiagachado siguió el movimiento semicircular de la trayectoria que debió seguir Isolina huyendo del horror. “No es lo mismo vivir con asesinos que ver como asesinan”, pensaba la matrona, observando como Isolina se había arrancado su vestimenta y se lavaba la sangre como si la tuviera incrustada en la piel, así se restregaba con el agua de un bidón que en la misma puerta del edificio había que recogía el agua de lluvia que un añejo canalón vertía allí.
La matrona seguía en la penumbra. Hacía tiempo que no le pasaba el no saber qué hacer. Santi se acercó aún con la pistola en la mano. Con la locura pintada en su rostro encañonó con sus ojos a Isolina, ésta estaba como en shock obsesionada con retirar hasta la última célula de su piel que hubiera estado en contacto con aquella sangre, así no le vio. Se acercó a ella y al alcanzarla la rodeó con sus brazos quedando la pistola entre los pechos blancos de ella. Aquel contacto frío del metal le hizo respingar dentro del abrazo que se intensificó inmovilizándola, ella gritó al sentir la tremenda y desquiciada presión. Él en un amago de caricia intentó taparle la boca con su mano libre. Isolina se contorsionó.
-Tú tienes la culpa de todo –le susurró roncamente al oido, echándole un aliento que a ella le pareció que le abrasaba- pero no importa… -se interrumpió, al tenerla abrazada emergió el recuerdo de aquella noche entre los dos. La náusea invadió de nuevo a Isolina. Con un aplomo inusitado se desasió de él utilizando todas sus fuerzas desembarazándose de su asfixiante abrazo. Se apartó de él.
Santi volvió a darle alcance y ella en su intento de no dejarse resbaló por el agua que ella misma había derramado al lavarse la sangre. Él la volvió a coger y evitó con ello que se cayera. El olor a sangre lo invadía todo, incluso algunas moscas empezaban a rondar el cadáver que seguía en aquella postura sobre el equipaje.
-No me trates así, podemos arreglarlo. Tenías que habérmelo dicho, yo no sabía…-ella hacía gestos de dolor y de repulsa y no contestaba, sólo intentaba mostrarle con la mirada toda la repugnancia que sentía. Él no fue indiferente a esa energía que sus ojos le mostraban, con aquel torcido gesto de su boca, y la ira y el despecho lo llenaron- Tú decides, te quedas conmigo o con él –señaló el cuerpo sin vida con la pistola mientras sujetaba a Isolina con la otra mano, que era enorme.
-Apártate de mí –dijo Isolina armándose de un valor que no tenía. Él lejos de obedecerla la besó. Ella sintió como si una fiera le devorara y le robara el aliento. Oyó un golpe seco y un crujido después. Inmediatamente aquella boca áspera se apartó de ella para bramar como una bestia agonizante. La matrona le había golpeado el brazo con un hierro hasta el punto de casi arrancárselo. Sin dar tiempo a más soltó el hierro ante los ojos desorbitados de Isolina y arrancó la pistola aún incrustada en los dedos de la mano de Santi. Éste no paraba de retorcerse de dolor y no dejaba de mirar como de su brazo semiarrancado manaba un incesante río de sangre. Aún así la pistola seguía en sus manos enormes y al tratar de arrancársela con todas sus fuerzas el brazo descolgado acabó por desmembrarse. La sangre salió a borbotones y el gigante acabó por caer de rodillas frente a Isolina que inmóvil parecía presa de la catalepsia.
-Mátame –dijo el gigante con la poca voz que le quedaba en medio de su agonía. La matrona piadosamente obedeció y le descerrajó dos tiros. El cuerpo tras una convulsión se dejó caer.
La matrona dejó caer a la vez la pistola, y contemplando alarmada el estado de Isolina, cogió una garrafa de agua y se la vació en la cabeza. Algo la espabiló, pero no le limpió la nueva sangre de la que estaba manchado su cuerpo aún desnudo. La alejó lo que pudo de los cadáveres en busca de agua y en otro bidón que tenía agua limpia, también de lluvia la situó y la lavó. Pese a moverse, Isolina seguía ausente, con la mirada perdida. Era como una muñeca de trapo.
La matrona no sabía que hacer, y al ver los cuerpos recordó el alcohol con el que los habría curado de estar con vida. Fue a buscarlo y de paso retiró algunos bultos de los que se hallaban bajo el cuerpo de Magno.
Intentó reanimar a Isolina con el alcohol:
-Tienes que ayudarme –suplicaba la matrona ausente todo el aplomo con el que había aparecido ante Isolina. Isolina fue bebiendo, hasta sujetaba la botella por si misma. La matrona la vistió y a su vez se cambió su propia ropa, también manchada de sangre. El sol ya comenzaba a perder su brillo, quedaba poco para que anocheciera. Isolina lo advirtió y aquello pareció darle conciencia y le entraron las prisas de repente. Buscó a la matrona que se había ido junto a los cadáveres a los que había intentado poner juntos. Isolina corrió hacia ella y le señaló una tapa de hierro que en su día perteneció al alcantarillado. La destaparon entre las dos con gran dificultad. Y hasta allí arrastraron los cadáveres a los que previamente desvistieron. Unos gruñidos y chapoteos les confirmaron que eso era una gran idea, aún quedaban ratas habitando aquel lugar que darían cuenta en parte de lo que les iban a arrojar.
Con Magno casi no tuvieron que esforzarse, pero Santi casi les dejó sin fuerzas, y hasta se desesperaron llegando a pensar dejarlo tal y como estaba. Descansaron y sacando fuerzas de flaqueza lo introdujeron por la alcantarilla, por la cual casi no cabía. Isolina se quedó mirando dentro, aún quedaba luz para ver la cara de Magno. La matrona apremió con un gesto para que le ayudara a cerrar la alcantarilla.
-Hay que revisar todo lo que tenían –Isolina la miró sin entender-. Para buscar el dinero y quemar el resto de lo que llevaran.
La matrona se quedó junto a los bultos que Isolina iba a llevarse, y que habían servido de lecho mortuorio a Magno. Limpió la sangre que ya comenzaba a resecarse. Isolina entre tanto fue entrando en distintas dependencias donde quedaban las cosas de Santi, que dormía lejos de ellos. También recogió los cabellos cortados y todo lo amontonó en el centro de la calle que dividía las diversas dependencias de la fábrica.
Formaron un enorme montón que fue coronado con las pistolas descargadas ya que algunos papeles con listas de nombres querían echar a volar. Algunos papeles sirvieron para atizar el fuego. Cuando este ardió Isolina intentó alejarse y la matrona la detuvo:
-Hay que esperar a que todo quede en cenizas. Isolina obediente la siguió. La matrona como para animarla puso algo en sus manos.
-Son tres millones.
-Lo sé –dijo Isolina con un cierto asco.
-No lo rechaces, no estás en situación de hacer alardes de dignidad. Con esto puedes establecerte –la matrona cogió una parte del dinero- entenderás que tome una parte.
Si habían dormido lo ignoraban, pues si así había sido fue de pie. Se alejaron de allí como pudieron y se despidieron en el andén de la estación.
La brisa que arrancó el tren al partir apenas movió el cabello intensamente negro que reposaba sobre la matrona.
Epílogo
Alguien se preguntará porqué este trío se escondía. Da igual a lo que se dedicaran, lo que era seguro es que se escondían.
Todos los días nos ocurren cosas que nos cohibimos de contar por cualesquiera motivos, todo el mundo quiere oir algo bueno y bonito. Aquí escribo lo que quiero y si alguien quiere algo bueno y bonito que lo busque en otra parte.
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martes, 11 de mayo de 2010
miércoles, 28 de abril de 2010
ISOLINA 01
Llevaban en el campamento pocos días. Ya se habían hecho al lugar, estaban tranquilos, pero no debían bajar la guardia.
La situación era relativamente cómoda, había de todo, incluso agua y no había sido difícil llegar hasta allí. Estaban en periodo de letargo, sólo hasta el momento de que alguien se volviera a acordar de ellos para otra actuación.
Esta vez tenían más necesidades de las acostumbradas y por ello esperaban visita:
-Trabajar con mujeres trae estos problemas ¿por qué no te pusiste un candado en la bragueta?
-¡Déjame en paz! No tendríamos que esperar a nadie si hubieséis aceptado mi propuesta.
-Tu propuesta… ¿Crees que puedes echar marcha atrás? Es más, por un polvo no irás a creer que eres libre.
-¿No te das cuenta de que ella puede morir?
-Es de confianza. A la Berna le hizo el mismo favor.
-¿A cuánto dista el hospital más cercano? Es absurdo, ni siquierea tendríamos que plantear lo del hospital. Mi propuesta es sensata. No es una rajada. No me importa que mueran los otros, pero ¿Estás seguro que tú también lo cometiste?
El hombre aludido se levantó iracundo y esperaba que el otro le imitara, en cambio el sentado lo cogió del brazo y lo volvió a sentar, no le costó mucho, pues el que estaba dominado por la ira no tenía una gran envergadura:
-Aún no nos han identificado, si no nos vio nadie te garantizao que al menor problema vamos al hospital.
-¿Cómo? Ya no tenemos coche. Hemos venido hasta aquí andando. Si pasa algo cuando lleguemos se habrá desangrado- intentaba ser lo más convincente posible dentro de su enojo difícil de contener.
-¡Cuánto sabes de esto Magno! Se ve que no es la primera vez que la metes donde no debes- se sonrió con la boca y los ojos llenos de cinismo y sarcasmo.
-¡Calla, hijo de puta! ¡¿Cómo te crees que murió mi madre?! –respondió con todo el dolor aún en las cuerdas vocales, lanzando cada palabra como si fuera un puñal del más duro de los aceros. Su compañero no pudo más que percibir que había cruzado un límite que desconocía, sin más remedio contestó:
-Lo siento, muchacho, no lo sabía. Pero con más razón podría reprocharte lo que has hecho.
-Tienes la sensibilidad de un calcetín –expetó rindiéndose ante la evidencia de que no podía cambiar nada dijera lo que dijera.
Magno se levantó y dejó a su compañero con sus negros pensamientos, éste movía la cabeza de un lado para otro desaprobando la actitud de su compañero, pero llenándose de ira al pensar en Isolina, que les había metido en aquel atolladero. A él no le hubiera pasado. Él sabía dónde tenía que hacer las cosas y cómo. Magno era un sentimental lamentable, pensó sentenciando para sí mismo. Era un tipo eficaz, imaginativo y entusiasta, pero todos tenemos un lado oculto y éste era el de magno. Era un sentimental. A pesar de todo estaba a gusto con él, pero presentía que esa sociedad se iba a disolver. De rabia dio un pisotón con todas sus fuerzas en el suelo:
-¡Pequeña zorra!
-¿Hablando solo? –una voz femenina interrumpió sus pensamientos, la propietaria se puso ante él con toda su compacta y menuda figura. Vestía con ropas normales y portaba una cesta tapada con un pañuelo.
Santi, asustado se incorporó y al ponerse de pie observó los pequeños ojos azules que le miraban. Una nariz chata y bien formada servían de pilar para aquellas dos lágrimas que parecían contener el color de dos océanos, bajo ella una boca rosada, pero a punto de arrugarse en un gesto de disgusto. Santi le calculó unos cincuenta años, pero las canas aparecían cubiertas por el manto negro de crespo pelo que le enmarcaba la cara. Los movimientos de la recién llegada eran parsimoniosos, con uno de ellos dejó el cesto que portaba en el suelo.
-¡Vaya Capitán Intrépido! ¿Te he asustado?
-De las apariciones sí que me asusto.
-Bruja, llámame bruja, es más corto.
-¿Por dónde has venido?
-Por los aires –le espetó.
-¿Y tú escoba? –siguió con la broma.
-Es invisible –le dijo bajito hablándole al oído. La mujeruca olía a hierbas y eso le aumentó la impresión de que seguía hablando con una bruja en lugar de con una enfermera profesional.
-¿Tenéis de todo? –preguntó la enfermera.
-Sí –pensó que se refería a los medicamentos.
-Pues dame agua –él le alcanzó al instante una cantimplora -¿es primeriza?
-Pues creo que sí.
-Entonces esto será algo largo –sentenció con una sombra de preocupación envolviéndole el rostro como un velo negro.
-¿Es que no le vas a drogar? –preguntó Santi con cierta sorpresa e indignación.
-Sí, hombre, y se me va de las manos. Tú, a lo tuyo –remató su frase con un gesto rápido y enérgico de su mano.
-Tampoco sería el primero –dijo Santi con media sonrisa. La mujer se impacientó:
-No tienes entrañas. Me voy. ¿Dónde están?
-Yo no las tengo porque si no me las sacarías con tus pinzas y tus tijeras.
Ella sin terminar de escucharle la broma se fue dejándole riendo su propia ocurrencia.
La mujer se introdujo en la fábrica, empezó a dara vuelta a todo el patio hasta que el aire puso a sus pies un mechón de cabello. Provenía de uan de las puertas. Se acercó. Subió los peldaños como acostumbraba y se apoyó en el marco de la puerta. Dos jóvenes semidesnudos se hallaban dentro un joven le cortaba el pelo a una chica. Él tenía signos de haber pasado ya por la tijera. Con destreza lle estaba dejando a la chica una media melena, saltaba a la vista que lo había hecho otras veces. La escena era bella.
“¿Cómo pueden sembrar tantan monstruosidad?”, se preguntó para si la mujer.
-Hay que ver que no dejáis crecer nada a vuestro paso –la inesperada voz hizo dar un respingo a Magno que le hizo dejar caer las tijeras que fueron a caer de punta sobre su pie, la mujer corrió rápido y las recogió del suelo donde habían quedado abiertas con una de sus puntas manchadas de la sangre. La cerró inmediatamente.
-¡Qué pasa aquí! –gritó más que preguntó.
-Puede darse la vuelta por donde ha venido -dijo Isolina a la vociferante mujer. Ésta sin responder señaló el pie herido de Magno y le ordenó:
-Lávate. Espero que antes de ser un prófugo te diera tiempo a vacunarte del tétanos.
Magno obedeció de forma mecánica y se acercó a la garrafa cortada por la mitad que hacía las veces de palangana.
La mujer aún con las tijeras en la mano se entretuvo en limpiar la punta con un pico de su chaqueta. Con decisión puso su mano libre, la izquierda en le hombro de la chica, la giró hacia si con inusitada fuerza y le igualó el mechón que le quedaba sin rematar. El trozo de pelo resbaló lentamente por la nalga desnuda de la chica y aterrizó juanto al resto en el suelo.
-Vístete. Yo no curo catarros. Tenemos que hablar.
Magno terminó de lavarse la herida que le empezó a doler. Se echó un poco de aguardiente de lo que allí tenían. Le escoció muchísimo. Sólo esperaba que el remedio no fuera peor que la enfermedad. No olía mal. Se echó un trago aunque su estómago no se lo agradeciera. La garganta se le incendió al paso del líquido, pero sintió alivio mientras la flama espirituosa seguía camino por su esófago. El momento de la verdad estaba a punto de llegar.
Mientras Isolina se vestía la mujer no paraba de atravesarle con su mirada intentando descifrar los engranajes de esa vida para que ahora se la encontrase allí.
-¿Quieres hacerlo de verdad? –le preguntó la mujer.
-¿A alguien le importa que yo no quiera? –respondió en tono impertinente la joven.
-A ti te debería importar.
-¿Qué más da un bastardo menos en el mundo? –siguió en tono irónico Isolina.
-Tú no eres como ellos –le aseguró la mujer mayor.
-¿Quién dice que no? –siguió en el mismo tono la joven.
-Mira, no tengo todo el día. Sé que algo no marcha bien y además creo que es porque no se te nota convencida.
-No, no lo estoy –contestó Isolina bajando la guardia.
-¿De quién es, del peluquero? –intentó indagar la mujer.
-No, pero como si lo fuera –respondió Isolina con cierto orgullo.
-¿Y él quiere entonces que lo hagas? –preguntó la mujer con extrañeza.
-Él no manda –su mirada se dirigió hacia donde estaba Santi.
-Espera, espera… ¿es de él? –terminó preguntando la mujer pequeña sin apenas poder contener la sorpresa.
En la mirada de Isolina apareció una mirada de terror totalmente inesperada para la mujer que no comprendía nada, pero un idea fugaz atravesó su cerebro y todo se le confirmó:
-Ya veo. ¿Él lo sabe? Creo que temes más que él no quiera que abortes. No te preocupes no es un hombre de compromisos, pero debes decírselo, al menos que no quieres abortar.
-No sé si quiero. Yo no quiero matar. Yo no soy como ellos ¿ha averiguado eso también? Me usan. Soy su tapadera. Me dejo llevar –hizo una pausa y prosiguió terminando de confiarse a la mujer –Magno me ha dicho que puedo morir, eso es lo de menos, pero a lo pero me quedo estéril. Sé que es contradictorio, pero no lo doy todo por perdYido, porque si fuera así hace tiempo que me hubiera quitado de en medio. Puede que sea tonta al pensarlo, pero en medio de toda esta pesadilla aún creo que tengo una oportunidad de mejorar mi vida.
-Magno tiene razón. No suelo tener problemas, pero eso no es garantía de que no pase algo y hoy tengo la corazonada negra de que algo pasará –confesó la mujer en voz baja.
-Ya, las tijeras –dijo entre pensativa y divertida -¿es bruja, usted, o enfermera?
-Una cosa me llevó a la otra –concedió la bruja -¿qué es lo que puede llevar a alguien como tú a querer conservar una criatura engendrada por la mala bestia de Santi?
-A lo mejor esa mala bestia hubiera sido de otro modo si las circunstancias hubiesen sido otras en su vida –la bruja, al oir de esto no pudo contener su asombro.
-Tal vez. Veo que le tuviste simpatía. ¿Le quieres? –preguntó a Isolina con una mirada de horror.
-No. No sé. Le veía como un padre, o quizá para ser más exactas como un guía un mentor. Me ayudó, me sentía protegida y en cierto modo hasta querida. Pero cuando se le pasó la novedad me trató como un saco de patatas. Me usaba cuando lo necesitaba, y en eso terminó quedando todo.
-Me sorprende que alguien perciba algo bueno de ese sujeto. ¿Sabes lo que ha llegado a hacer? –preguntó acusando más que informando.
-Usted también sabe y sin embargo acude cada vez que él la llama –devolvió la acusación.
-Has jugado con los dos, esto no puede acabar bien. ¡Vete! Sé bien lo que te digo, vete.
-Déjeme en paz –resopló Isolina demostrando con todas sus fuerzas que la conversación le estaba incomodando –yo no he jugado. Magno me quiere, me ayuda y el otro no sabe ni que se acostó conmigo, estaba borracho, no pude quitármelo de encima. Magno no estaba y no pudo ayudarme, quizá por eso se siente responsable.
-Llevan juntos mucho tiempo, ya no se llevan bien, es una relación gastada, ahora se echan en cara todo lo que antes se aguantaban y esto puede ser la gota que colme el vaso, y a ti te va a pillar por medio. Aún no has hecho nada tan grave como para que te agarren junto a ellos –de un modo desesperado e implorante a un tiempo le rogó:
-VETE.
-No puedo. Ya estoy marcada. Toda mi vida tendré a unos u otros haciéndome echar la vista atrás –dijo descorazonada Isolina.
-Eso era antes, ya no son tan fuertes. Están muy desorganizados. Son un puñado de fanáticos rivalizando entre sí. Esto no es una guerra y no ganarán nada.
La mujer se frenó, hizo una pausa para tomar aire, sin querer, pensaba que se había empeñado en mostrarle una salida a Isolina como si con ello ella también la encontrara.
Isolina movía llos ojos como queriendo encontrar la solución a ese enigma que era ella misma, pero el vacío de la cochambre de esas paredes, no le devolvía nada. La bruja le señaló el vientre:
-Si quieres tener ese hijo a pesar de ser quien es su padre ess que aún tienes la inocencia de quienes creen que este mundo tiene arreglo. Si te decides te puedo ayudar –de la cara de la bruja había desaparecido la maliciosa resignación a la que su secreto oficio le había acostrumbrado.
Un ruido hizo girar a ambas para descubrir que Magno lo producía al alejarse de donde estaban porque lo había estado escuchando todo.
Se acercó a Santi, encarándosele. Éste, sentado, levantó sus ojos hacia los suyos para clavar esos brillos llenos de maldad:
-¿Y ahora qué? ¿Ya está hecho? Relévame.
-Quieto. Tienes que saber algo –intentó retenerlo allí con sus palabras.
-Cojonudo, esa tía es un saco de problemas –creyó adivinar Santi, que con lo dicho por Magno nada había salido según lo planeado por él.
-No lo va a hacer. Y tú eres el padre –dijo sin rodeos Magno, quizá para no arriesgarse a ser interrumpido. Santi, resopló y se sonrió:
-Lo que faltaba, endosándome bastardos a mí. Si no se lo arranca la bruja lo haré yo -se fue a levantar con todo el impulso pero Magno con todas sus fuerzas lo aplastá para que siguiera sentado en los escalones donde lo hacía.
-¿No recuerdas la noche en que nos cargamos al medallitas? Para estar seguro de algo hay que saber lo que uno hace en cada momento. ¿Qué hiciste aquella noche? –preguntó con la voz cargada de acusación y de razón a un tiempo.
-Lo mismo de siempre. Celebrarlo –soltó con una risilla.
-Como siempre no. Isolina estaba con nosotros ya, hace dos meses y se quedó a solas contigo –una mirada de contrariedad cruzó sus ojos que perdieron su frialdad por un instante.
-No –negó como por costumbre, pero algo le seguía haciendo pensar, como si a su mente acudieran en torrente los recuerdos que Magno invocaba. Su cabeza negaba mientras sus ojos ensimismados parecieran contemplar las escenas que en su mente se antojaban increíbles por creerlas fruto de su imaginación calenturienta. Eran, no obstante, demasiado reales, la memoria del tacto las perfilaba de un modo rotundo. Un recuerdo más aguijoneó su corazón. La cara de asco y el rechazo de Isolina. Sus palabras empezaron a golpear con su eco sus oidos:
-Odio a los borrachos, déjame –era innegable, no era una pesadilla. De repente surgió de la vorágine de su memoria:
-¿Dónde está? ¿No se habrá ido? –preguntó exigiendo.
-¿Ya recuerdas? –hizo la pregunta en tono sardónico.
-¿Y tú? ¿Cómo estás tan seguro de que no es tuyo? –intentó defenderse atacando.
-Yo no la he tocado –aseguró casi con pena –si fuera mío no hubiera esperado a que se decidiera a nada. No estaríamos aquí.
-Tienes alma de traidor. Ya lo sabía –intentó herir.
(Continuará)
La situación era relativamente cómoda, había de todo, incluso agua y no había sido difícil llegar hasta allí. Estaban en periodo de letargo, sólo hasta el momento de que alguien se volviera a acordar de ellos para otra actuación.
Esta vez tenían más necesidades de las acostumbradas y por ello esperaban visita:
-Trabajar con mujeres trae estos problemas ¿por qué no te pusiste un candado en la bragueta?
-¡Déjame en paz! No tendríamos que esperar a nadie si hubieséis aceptado mi propuesta.
-Tu propuesta… ¿Crees que puedes echar marcha atrás? Es más, por un polvo no irás a creer que eres libre.
-¿No te das cuenta de que ella puede morir?
-Es de confianza. A la Berna le hizo el mismo favor.
-¿A cuánto dista el hospital más cercano? Es absurdo, ni siquierea tendríamos que plantear lo del hospital. Mi propuesta es sensata. No es una rajada. No me importa que mueran los otros, pero ¿Estás seguro que tú también lo cometiste?
El hombre aludido se levantó iracundo y esperaba que el otro le imitara, en cambio el sentado lo cogió del brazo y lo volvió a sentar, no le costó mucho, pues el que estaba dominado por la ira no tenía una gran envergadura:
-Aún no nos han identificado, si no nos vio nadie te garantizao que al menor problema vamos al hospital.
-¿Cómo? Ya no tenemos coche. Hemos venido hasta aquí andando. Si pasa algo cuando lleguemos se habrá desangrado- intentaba ser lo más convincente posible dentro de su enojo difícil de contener.
-¡Cuánto sabes de esto Magno! Se ve que no es la primera vez que la metes donde no debes- se sonrió con la boca y los ojos llenos de cinismo y sarcasmo.
-¡Calla, hijo de puta! ¡¿Cómo te crees que murió mi madre?! –respondió con todo el dolor aún en las cuerdas vocales, lanzando cada palabra como si fuera un puñal del más duro de los aceros. Su compañero no pudo más que percibir que había cruzado un límite que desconocía, sin más remedio contestó:
-Lo siento, muchacho, no lo sabía. Pero con más razón podría reprocharte lo que has hecho.
-Tienes la sensibilidad de un calcetín –expetó rindiéndose ante la evidencia de que no podía cambiar nada dijera lo que dijera.
Magno se levantó y dejó a su compañero con sus negros pensamientos, éste movía la cabeza de un lado para otro desaprobando la actitud de su compañero, pero llenándose de ira al pensar en Isolina, que les había metido en aquel atolladero. A él no le hubiera pasado. Él sabía dónde tenía que hacer las cosas y cómo. Magno era un sentimental lamentable, pensó sentenciando para sí mismo. Era un tipo eficaz, imaginativo y entusiasta, pero todos tenemos un lado oculto y éste era el de magno. Era un sentimental. A pesar de todo estaba a gusto con él, pero presentía que esa sociedad se iba a disolver. De rabia dio un pisotón con todas sus fuerzas en el suelo:
-¡Pequeña zorra!
-¿Hablando solo? –una voz femenina interrumpió sus pensamientos, la propietaria se puso ante él con toda su compacta y menuda figura. Vestía con ropas normales y portaba una cesta tapada con un pañuelo.
Santi, asustado se incorporó y al ponerse de pie observó los pequeños ojos azules que le miraban. Una nariz chata y bien formada servían de pilar para aquellas dos lágrimas que parecían contener el color de dos océanos, bajo ella una boca rosada, pero a punto de arrugarse en un gesto de disgusto. Santi le calculó unos cincuenta años, pero las canas aparecían cubiertas por el manto negro de crespo pelo que le enmarcaba la cara. Los movimientos de la recién llegada eran parsimoniosos, con uno de ellos dejó el cesto que portaba en el suelo.
-¡Vaya Capitán Intrépido! ¿Te he asustado?
-De las apariciones sí que me asusto.
-Bruja, llámame bruja, es más corto.
-¿Por dónde has venido?
-Por los aires –le espetó.
-¿Y tú escoba? –siguió con la broma.
-Es invisible –le dijo bajito hablándole al oído. La mujeruca olía a hierbas y eso le aumentó la impresión de que seguía hablando con una bruja en lugar de con una enfermera profesional.
-¿Tenéis de todo? –preguntó la enfermera.
-Sí –pensó que se refería a los medicamentos.
-Pues dame agua –él le alcanzó al instante una cantimplora -¿es primeriza?
-Pues creo que sí.
-Entonces esto será algo largo –sentenció con una sombra de preocupación envolviéndole el rostro como un velo negro.
-¿Es que no le vas a drogar? –preguntó Santi con cierta sorpresa e indignación.
-Sí, hombre, y se me va de las manos. Tú, a lo tuyo –remató su frase con un gesto rápido y enérgico de su mano.
-Tampoco sería el primero –dijo Santi con media sonrisa. La mujer se impacientó:
-No tienes entrañas. Me voy. ¿Dónde están?
-Yo no las tengo porque si no me las sacarías con tus pinzas y tus tijeras.
Ella sin terminar de escucharle la broma se fue dejándole riendo su propia ocurrencia.
La mujer se introdujo en la fábrica, empezó a dara vuelta a todo el patio hasta que el aire puso a sus pies un mechón de cabello. Provenía de uan de las puertas. Se acercó. Subió los peldaños como acostumbraba y se apoyó en el marco de la puerta. Dos jóvenes semidesnudos se hallaban dentro un joven le cortaba el pelo a una chica. Él tenía signos de haber pasado ya por la tijera. Con destreza lle estaba dejando a la chica una media melena, saltaba a la vista que lo había hecho otras veces. La escena era bella.
“¿Cómo pueden sembrar tantan monstruosidad?”, se preguntó para si la mujer.
-Hay que ver que no dejáis crecer nada a vuestro paso –la inesperada voz hizo dar un respingo a Magno que le hizo dejar caer las tijeras que fueron a caer de punta sobre su pie, la mujer corrió rápido y las recogió del suelo donde habían quedado abiertas con una de sus puntas manchadas de la sangre. La cerró inmediatamente.
-¡Qué pasa aquí! –gritó más que preguntó.
-Puede darse la vuelta por donde ha venido -dijo Isolina a la vociferante mujer. Ésta sin responder señaló el pie herido de Magno y le ordenó:
-Lávate. Espero que antes de ser un prófugo te diera tiempo a vacunarte del tétanos.
Magno obedeció de forma mecánica y se acercó a la garrafa cortada por la mitad que hacía las veces de palangana.
La mujer aún con las tijeras en la mano se entretuvo en limpiar la punta con un pico de su chaqueta. Con decisión puso su mano libre, la izquierda en le hombro de la chica, la giró hacia si con inusitada fuerza y le igualó el mechón que le quedaba sin rematar. El trozo de pelo resbaló lentamente por la nalga desnuda de la chica y aterrizó juanto al resto en el suelo.
-Vístete. Yo no curo catarros. Tenemos que hablar.
Magno terminó de lavarse la herida que le empezó a doler. Se echó un poco de aguardiente de lo que allí tenían. Le escoció muchísimo. Sólo esperaba que el remedio no fuera peor que la enfermedad. No olía mal. Se echó un trago aunque su estómago no se lo agradeciera. La garganta se le incendió al paso del líquido, pero sintió alivio mientras la flama espirituosa seguía camino por su esófago. El momento de la verdad estaba a punto de llegar.
Mientras Isolina se vestía la mujer no paraba de atravesarle con su mirada intentando descifrar los engranajes de esa vida para que ahora se la encontrase allí.
-¿Quieres hacerlo de verdad? –le preguntó la mujer.
-¿A alguien le importa que yo no quiera? –respondió en tono impertinente la joven.
-A ti te debería importar.
-¿Qué más da un bastardo menos en el mundo? –siguió en tono irónico Isolina.
-Tú no eres como ellos –le aseguró la mujer mayor.
-¿Quién dice que no? –siguió en el mismo tono la joven.
-Mira, no tengo todo el día. Sé que algo no marcha bien y además creo que es porque no se te nota convencida.
-No, no lo estoy –contestó Isolina bajando la guardia.
-¿De quién es, del peluquero? –intentó indagar la mujer.
-No, pero como si lo fuera –respondió Isolina con cierto orgullo.
-¿Y él quiere entonces que lo hagas? –preguntó la mujer con extrañeza.
-Él no manda –su mirada se dirigió hacia donde estaba Santi.
-Espera, espera… ¿es de él? –terminó preguntando la mujer pequeña sin apenas poder contener la sorpresa.
En la mirada de Isolina apareció una mirada de terror totalmente inesperada para la mujer que no comprendía nada, pero un idea fugaz atravesó su cerebro y todo se le confirmó:
-Ya veo. ¿Él lo sabe? Creo que temes más que él no quiera que abortes. No te preocupes no es un hombre de compromisos, pero debes decírselo, al menos que no quieres abortar.
-No sé si quiero. Yo no quiero matar. Yo no soy como ellos ¿ha averiguado eso también? Me usan. Soy su tapadera. Me dejo llevar –hizo una pausa y prosiguió terminando de confiarse a la mujer –Magno me ha dicho que puedo morir, eso es lo de menos, pero a lo pero me quedo estéril. Sé que es contradictorio, pero no lo doy todo por perdYido, porque si fuera así hace tiempo que me hubiera quitado de en medio. Puede que sea tonta al pensarlo, pero en medio de toda esta pesadilla aún creo que tengo una oportunidad de mejorar mi vida.
-Magno tiene razón. No suelo tener problemas, pero eso no es garantía de que no pase algo y hoy tengo la corazonada negra de que algo pasará –confesó la mujer en voz baja.
-Ya, las tijeras –dijo entre pensativa y divertida -¿es bruja, usted, o enfermera?
-Una cosa me llevó a la otra –concedió la bruja -¿qué es lo que puede llevar a alguien como tú a querer conservar una criatura engendrada por la mala bestia de Santi?
-A lo mejor esa mala bestia hubiera sido de otro modo si las circunstancias hubiesen sido otras en su vida –la bruja, al oir de esto no pudo contener su asombro.
-Tal vez. Veo que le tuviste simpatía. ¿Le quieres? –preguntó a Isolina con una mirada de horror.
-No. No sé. Le veía como un padre, o quizá para ser más exactas como un guía un mentor. Me ayudó, me sentía protegida y en cierto modo hasta querida. Pero cuando se le pasó la novedad me trató como un saco de patatas. Me usaba cuando lo necesitaba, y en eso terminó quedando todo.
-Me sorprende que alguien perciba algo bueno de ese sujeto. ¿Sabes lo que ha llegado a hacer? –preguntó acusando más que informando.
-Usted también sabe y sin embargo acude cada vez que él la llama –devolvió la acusación.
-Has jugado con los dos, esto no puede acabar bien. ¡Vete! Sé bien lo que te digo, vete.
-Déjeme en paz –resopló Isolina demostrando con todas sus fuerzas que la conversación le estaba incomodando –yo no he jugado. Magno me quiere, me ayuda y el otro no sabe ni que se acostó conmigo, estaba borracho, no pude quitármelo de encima. Magno no estaba y no pudo ayudarme, quizá por eso se siente responsable.
-Llevan juntos mucho tiempo, ya no se llevan bien, es una relación gastada, ahora se echan en cara todo lo que antes se aguantaban y esto puede ser la gota que colme el vaso, y a ti te va a pillar por medio. Aún no has hecho nada tan grave como para que te agarren junto a ellos –de un modo desesperado e implorante a un tiempo le rogó:
-VETE.
-No puedo. Ya estoy marcada. Toda mi vida tendré a unos u otros haciéndome echar la vista atrás –dijo descorazonada Isolina.
-Eso era antes, ya no son tan fuertes. Están muy desorganizados. Son un puñado de fanáticos rivalizando entre sí. Esto no es una guerra y no ganarán nada.
La mujer se frenó, hizo una pausa para tomar aire, sin querer, pensaba que se había empeñado en mostrarle una salida a Isolina como si con ello ella también la encontrara.
Isolina movía llos ojos como queriendo encontrar la solución a ese enigma que era ella misma, pero el vacío de la cochambre de esas paredes, no le devolvía nada. La bruja le señaló el vientre:
-Si quieres tener ese hijo a pesar de ser quien es su padre ess que aún tienes la inocencia de quienes creen que este mundo tiene arreglo. Si te decides te puedo ayudar –de la cara de la bruja había desaparecido la maliciosa resignación a la que su secreto oficio le había acostrumbrado.
Un ruido hizo girar a ambas para descubrir que Magno lo producía al alejarse de donde estaban porque lo había estado escuchando todo.
Se acercó a Santi, encarándosele. Éste, sentado, levantó sus ojos hacia los suyos para clavar esos brillos llenos de maldad:
-¿Y ahora qué? ¿Ya está hecho? Relévame.
-Quieto. Tienes que saber algo –intentó retenerlo allí con sus palabras.
-Cojonudo, esa tía es un saco de problemas –creyó adivinar Santi, que con lo dicho por Magno nada había salido según lo planeado por él.
-No lo va a hacer. Y tú eres el padre –dijo sin rodeos Magno, quizá para no arriesgarse a ser interrumpido. Santi, resopló y se sonrió:
-Lo que faltaba, endosándome bastardos a mí. Si no se lo arranca la bruja lo haré yo -se fue a levantar con todo el impulso pero Magno con todas sus fuerzas lo aplastá para que siguiera sentado en los escalones donde lo hacía.
-¿No recuerdas la noche en que nos cargamos al medallitas? Para estar seguro de algo hay que saber lo que uno hace en cada momento. ¿Qué hiciste aquella noche? –preguntó con la voz cargada de acusación y de razón a un tiempo.
-Lo mismo de siempre. Celebrarlo –soltó con una risilla.
-Como siempre no. Isolina estaba con nosotros ya, hace dos meses y se quedó a solas contigo –una mirada de contrariedad cruzó sus ojos que perdieron su frialdad por un instante.
-No –negó como por costumbre, pero algo le seguía haciendo pensar, como si a su mente acudieran en torrente los recuerdos que Magno invocaba. Su cabeza negaba mientras sus ojos ensimismados parecieran contemplar las escenas que en su mente se antojaban increíbles por creerlas fruto de su imaginación calenturienta. Eran, no obstante, demasiado reales, la memoria del tacto las perfilaba de un modo rotundo. Un recuerdo más aguijoneó su corazón. La cara de asco y el rechazo de Isolina. Sus palabras empezaron a golpear con su eco sus oidos:
-Odio a los borrachos, déjame –era innegable, no era una pesadilla. De repente surgió de la vorágine de su memoria:
-¿Dónde está? ¿No se habrá ido? –preguntó exigiendo.
-¿Ya recuerdas? –hizo la pregunta en tono sardónico.
-¿Y tú? ¿Cómo estás tan seguro de que no es tuyo? –intentó defenderse atacando.
-Yo no la he tocado –aseguró casi con pena –si fuera mío no hubiera esperado a que se decidiera a nada. No estaríamos aquí.
-Tienes alma de traidor. Ya lo sabía –intentó herir.
(Continuará)
miércoles, 21 de abril de 2010
Esteban y Sara (no indicado para menores y adultos de ciertas sensibilidades)
Ya habían llegado los silencios muertos. No había nada más interesante que decir. Sara decidió que era hora de tomar el aire y fumarse un cigarrillo. Todos la conocían, tanto así que nadie preguntó cuando se levantó y salió del bar. Tomó la bocacalle que había casi enfrente de la puerta del establecimiento y se apoyó en la pared húmeda y secular a su espalda. Mientras sacaba todo lo necesario para encender el pitillo vio por el rabillo del ojo izquierdo como alguien más salía. No lo reconoció, el bar estaba atestado cuando entraron así que la mirada de reconocimiento habitual fue poco eficiente. Se preguntaba cómo pudo haber pasado por alto por muy tapado que estuviera a semejante ejemplar humano. Mientras se sumía en estas cavilaciones y sin perderlo de vista el hombre corpulento de estatura media se aproximó a ella con una infinita sonrisa pícara en los labios de un rosa que delataba su tierna edad. No pasaría de los veinticinco. Con una mirada cínica expresa para no dejar traslucir su inquietud Sara lo miró de frente aún sin tener claro si se dirigía a ella como parecía. Esta vez no se equivocó. El hombre rubio a la luz de la farola con unos ojos brillantes que parecían claros se paró frente a ella.
-¿No quieres algo mejor?- le dijo a Sara sacando del bolsillo de su chaqueta vaquera un cigarro liado sin dejar de sonreír con el descaro que llevaba preparado desde que salió del bar. Sara resopló bajando la cabeza medio riéndose para a continuación levantar la cabeza y decirle:
-¿Es que me quieres desvirgar con eso? Si lo quisiera lo habría comprado ¿no crees?
-se quedó pensativa, calibrando si lo que le quería decir delataría su nerviosismo, pero lo dijo.
-¿Qué quieres en realidad? -el tipo se revolvió en sí mismo.
-Está claro ¿no?
-Está claro que si no puedo ser tu madre, sí podría ser tu tía. Y esta tía buscaba soledad y no buscaba porros.
-No te pongas así… porque me vas a gustar más.- ella rompió a reír con auténticas ganas. Hacía mucho que nadie se tomaba tanto interés por ella. Él continuó -estaba sentado a tu espalda y no he podido dejar de escucharte. Me has gustado sin saber cómo eras y he salido tras de ti al sentir que te levantabas. Me gustaría seguir conociéndote.
Ella se quedó perpleja, alguien que deseaba estar con ella físicos al margen. Pensó que si era un truco seguramente ya lo emplearon con ella aunque no lo recordara con exactitud, pero aquellos ojos, aquella sonrisa le invitaban a confiar aunque perdiera todo en el intento. Además hacía mucho que no echaba un polvo, y más hacía desde que lo hiciera con un tipo tan osado y encantador. Él empezó a impacientarse, en parte porque tenía frío. Ella le pasó un brazo por encima y le tranquilizó:
-Voy a despedirme y a por mis cosas. No tardaré. ¿Y tu gente?
-Mi gente ya no me espera -en ese momento salían varios chicos mirándolo y riéndose poniendo el pulgar hacia arriba. Alguna de las chicas taladró a Sara con una mirada asesina. Sara saludó con la mano y luego puso el pulgar hacia arriba siguiendo la broma, mientras andaba hacia el bar seguida por Esteban dos pasos atrás mientras hacía el gesto de acariciar con sus manos el trasero de Sara.
Entre copa y copa fueron cruzándose la información necesaria para evitar el “oye” o el “eh, tú”. En uno de los bares del trayecto de su mutuo conocimiento Sara explotó:
-No sé tú, pero yo no puedo aguantar más. Vamos al baño.
Bajaron las escaleras, ella con cierta premura. Pese a las miradas de las tías que allí había se metieron en una de las cabinas. Cuando ella le miró él estaba sobrecogido por la sorpresa.
-Pensé que la urgencia era …- Sara tapó su enorme boca con la suya e inmediatamente él la siguió. Sara se embriagó con el perfume de él. Sintió que se volvía loca. A pesar de lo que él pensase ella lo atrajo hacia sí con todas sus fuerzas. Él para no ser menos la rodeó con sus brazos, ella sintió su erección y se asustó, parando el ritmo. Él lo aprovechó para meterle los brazos por debajo del jersey, dando fe el tacto de sus manos del tamaño que creyó adivinar al verla en el reflejo de la cristalera del bar, solo quedaba verlos, olerlos, saborearlos, fantaseaba Esteban mientras pasaba los pulgares por los pezones, sin apartar la vista del escote, le alzó el sujetador cogiéndolo por él elástico. Sara estaba retorciéndose entre el gusto y la impaciencia, no quería estar más allí, necesitaba su cama. El olor le estropeaba todo. Se estaba empezando a arrepentir de haber bajado allí. Pero en algún sitio tenía que ser la primera toma de contacto, pensaba justificándose a si misma.
-Vamos a un hotel -le susurró al oído para a continuación pasar su lengua caliente por la oreja dejando un rastro de saliva. Ella buscó su boca y devorándosela bajó mientras tanto la mano a su bragueta. Él adivinando la intención se desabrochó cinturón y pantalón. “No lleva calzoncillos” se asombró Sara. Eso la encendió más y tras observar el miembro decidió que aquello merecía la proeza que nunca se atrevió a hacer. Le miró a los ojos mientras acariciaba su pene, lo besó suavemente, pero haciendo saliva con la lengua y a continuación se agachó para introducirse a continuación el pene en su boca. Esteban no podía creerlo, era la primera vez que no tenía que rogar por esto y menos en la primera noche. Esteban sentía como si le hubiera tocado la lotería, para a continuación preocuparse por si ella se daba cuenta de lo muy contento que estaba. Decidió dejarse de chorradas y entregarse al placer que ella le daba, miró su nuca y le dio un poco de miedo tocarla. Se inclinó por simplemente acariciarla. Sara notó su miedo, le cogió las manos a él y se las puso alrededor de su cabeza. Él entendió y empezó a guiarla. Tan maravillado estaba que no pudo evitar llorar de placer. A él no le habían contado que esto podía pasar. Una oleada de placer inigualable le inundó el cuerpo y estalló en un orgasmo que dio paso a la eyaculación. Él iba a retirarse, pero ella no le dejó. un minuto después él la levantó y la besó, la mirada de ella le encendió de nuevo, pero su cuerpo todavía no le seguía. La ayudó a recomponerse. Le colocó el pelo con cuidado y procedió a ocuparse de su propia vestimenta. Al tomar el pomo de la puerta Sara se frenó, se puso roja como una chiquilla, se volvió a mirarle a él que también estaba rojo. Ella se rió complacida, le tendió la mano y él se la apretó fuerte. Sara se irguió todo lo que pudo y abrió. Ufff… no había nadie a la vista. Mirando el reflejo de los dos en el espejo se rieron. Esteban tiró de ella y empezaron a subir los escalones del bar. Siguiendo el impulso Esteban tiró de Sara hacia la calle. Acababan de irse sin pagar.
-¿No quieres algo mejor?- le dijo a Sara sacando del bolsillo de su chaqueta vaquera un cigarro liado sin dejar de sonreír con el descaro que llevaba preparado desde que salió del bar. Sara resopló bajando la cabeza medio riéndose para a continuación levantar la cabeza y decirle:
-¿Es que me quieres desvirgar con eso? Si lo quisiera lo habría comprado ¿no crees?
-se quedó pensativa, calibrando si lo que le quería decir delataría su nerviosismo, pero lo dijo.
-¿Qué quieres en realidad? -el tipo se revolvió en sí mismo.
-Está claro ¿no?
-Está claro que si no puedo ser tu madre, sí podría ser tu tía. Y esta tía buscaba soledad y no buscaba porros.
-No te pongas así… porque me vas a gustar más.- ella rompió a reír con auténticas ganas. Hacía mucho que nadie se tomaba tanto interés por ella. Él continuó -estaba sentado a tu espalda y no he podido dejar de escucharte. Me has gustado sin saber cómo eras y he salido tras de ti al sentir que te levantabas. Me gustaría seguir conociéndote.
Ella se quedó perpleja, alguien que deseaba estar con ella físicos al margen. Pensó que si era un truco seguramente ya lo emplearon con ella aunque no lo recordara con exactitud, pero aquellos ojos, aquella sonrisa le invitaban a confiar aunque perdiera todo en el intento. Además hacía mucho que no echaba un polvo, y más hacía desde que lo hiciera con un tipo tan osado y encantador. Él empezó a impacientarse, en parte porque tenía frío. Ella le pasó un brazo por encima y le tranquilizó:
-Voy a despedirme y a por mis cosas. No tardaré. ¿Y tu gente?
-Mi gente ya no me espera -en ese momento salían varios chicos mirándolo y riéndose poniendo el pulgar hacia arriba. Alguna de las chicas taladró a Sara con una mirada asesina. Sara saludó con la mano y luego puso el pulgar hacia arriba siguiendo la broma, mientras andaba hacia el bar seguida por Esteban dos pasos atrás mientras hacía el gesto de acariciar con sus manos el trasero de Sara.
Entre copa y copa fueron cruzándose la información necesaria para evitar el “oye” o el “eh, tú”. En uno de los bares del trayecto de su mutuo conocimiento Sara explotó:
-No sé tú, pero yo no puedo aguantar más. Vamos al baño.
Bajaron las escaleras, ella con cierta premura. Pese a las miradas de las tías que allí había se metieron en una de las cabinas. Cuando ella le miró él estaba sobrecogido por la sorpresa.
-Pensé que la urgencia era …- Sara tapó su enorme boca con la suya e inmediatamente él la siguió. Sara se embriagó con el perfume de él. Sintió que se volvía loca. A pesar de lo que él pensase ella lo atrajo hacia sí con todas sus fuerzas. Él para no ser menos la rodeó con sus brazos, ella sintió su erección y se asustó, parando el ritmo. Él lo aprovechó para meterle los brazos por debajo del jersey, dando fe el tacto de sus manos del tamaño que creyó adivinar al verla en el reflejo de la cristalera del bar, solo quedaba verlos, olerlos, saborearlos, fantaseaba Esteban mientras pasaba los pulgares por los pezones, sin apartar la vista del escote, le alzó el sujetador cogiéndolo por él elástico. Sara estaba retorciéndose entre el gusto y la impaciencia, no quería estar más allí, necesitaba su cama. El olor le estropeaba todo. Se estaba empezando a arrepentir de haber bajado allí. Pero en algún sitio tenía que ser la primera toma de contacto, pensaba justificándose a si misma.
-Vamos a un hotel -le susurró al oído para a continuación pasar su lengua caliente por la oreja dejando un rastro de saliva. Ella buscó su boca y devorándosela bajó mientras tanto la mano a su bragueta. Él adivinando la intención se desabrochó cinturón y pantalón. “No lleva calzoncillos” se asombró Sara. Eso la encendió más y tras observar el miembro decidió que aquello merecía la proeza que nunca se atrevió a hacer. Le miró a los ojos mientras acariciaba su pene, lo besó suavemente, pero haciendo saliva con la lengua y a continuación se agachó para introducirse a continuación el pene en su boca. Esteban no podía creerlo, era la primera vez que no tenía que rogar por esto y menos en la primera noche. Esteban sentía como si le hubiera tocado la lotería, para a continuación preocuparse por si ella se daba cuenta de lo muy contento que estaba. Decidió dejarse de chorradas y entregarse al placer que ella le daba, miró su nuca y le dio un poco de miedo tocarla. Se inclinó por simplemente acariciarla. Sara notó su miedo, le cogió las manos a él y se las puso alrededor de su cabeza. Él entendió y empezó a guiarla. Tan maravillado estaba que no pudo evitar llorar de placer. A él no le habían contado que esto podía pasar. Una oleada de placer inigualable le inundó el cuerpo y estalló en un orgasmo que dio paso a la eyaculación. Él iba a retirarse, pero ella no le dejó. un minuto después él la levantó y la besó, la mirada de ella le encendió de nuevo, pero su cuerpo todavía no le seguía. La ayudó a recomponerse. Le colocó el pelo con cuidado y procedió a ocuparse de su propia vestimenta. Al tomar el pomo de la puerta Sara se frenó, se puso roja como una chiquilla, se volvió a mirarle a él que también estaba rojo. Ella se rió complacida, le tendió la mano y él se la apretó fuerte. Sara se irguió todo lo que pudo y abrió. Ufff… no había nadie a la vista. Mirando el reflejo de los dos en el espejo se rieron. Esteban tiró de ella y empezaron a subir los escalones del bar. Siguiendo el impulso Esteban tiró de Sara hacia la calle. Acababan de irse sin pagar.
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